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La princesa rana

Proyecto piscifactoría- Empresa social Grameen Bank

Hoy visitamos las pesquerías en Bogra (Bangladesh). Un lago en el campo, con lianas incluidas, donde llevan años criando especies que consiguieron transportar milagrosamente de otros países. Todas juntas en poco espacio han terminado por mutar a una cosa rara, única eso sí y, además de dar trabajo a los pueblos de alrededor, proporciona un bien escaso: la proteína.

Al llegar me he despistado del resto trasteando con las ranas que abarrotan ese delta gigante. Se ponen a croar como locas en plena etapa de apareamiento. Hacen un ruido brutal y cuando te acercas a la ciénaga, en 2 segundos consigues el silencio más absoluto. Magia. En esta época del año, el sol se mantiene bajo desde que sale hasta que se va, así que no brillan estrellas en el agua, sino que se crean formas doradas y los colores del paisaje se vuelven puros.

Por eso la he visto enseguida, se acerca despacito con su vestido rosa chillón. Se coloca delante de mí tocándose el pecho. Después de unos segundos mirándome a los ojos, me sujeta la mano. La toca, la abre y pone mi palma junto a su corazón. Aprieta lo preciso para que note sus latidos. Después apoya su mano en el mío. La mantiene con la presión suficiente para sentirlo. Entonces yo sujeto esa mano, no tengo claro si por completar el canal de energía o porque no podría soportar que me suelte en ese momento. Pero ella ha sabido perfectamente cuándo dejarme.

Vanessa Lizarralde

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